– ¿Paola Brunetti? -No daba crédito a lo que veía.

Ella asintió.

– ¡Joder, si es usted la esposa de Brunetti!

2

Cuando sonó el teléfono, Brunetti estaba tumbado en la playa, con el antebrazo sobre los ojos, para protegerlos de la arena que levantaban los hipopótamos al bailar. Es decir, en el mundo de los sueños, Brunetti estaba en una playa, a la que sin duda había ido huyendo del calor de la discusión que había mantenido con Paola días atrás, y los hipopótamos eran la imagen que le había quedado en el subconsciente, del medio que había utilizado para zafarse de la polémica, uniéndose a Chiara en la sala para ver la segunda parte de Fantasía.

Seis veces sonó el teléfono antes de que Brunetti reconociera la señal y se acercara al borde de la cama para descolgarlo.

– ¿Sí? -dijo, embrutecido por el sueño inquieto que invariablemente le producía un conflicto pendiente de resolver con Paola.

– ¿El comisario Brunetti? -preguntó una voz masculina.

– Un momento. -Brunetti dejó el teléfono y encendió la luz. Volvió a echarse y se subió las mantas sobre el hombro derecho. Entonces miró a Paola, para comprobar que no la había destapado. La otra mitad de la cama estaba vacía. Habría ido al baño o a la cocina a beber un vaso de agua o, si aún estaba nerviosa por la discusión lo mismo que él, un vaso de leche caliente con miel. Le pediría disculpas cuando volviera, disculpas por lo que le había dicho y por esta llamada intempestiva, a pesar de que no la había despertado. Alargó la mano hacia el teléfono.

– Sí, dígame. -Hundió la cabeza en las almohadas, confiando en que la llamada no fuera de la questura para sacarlo de la cama y obligarlo a acudir al escenario de algún crimen.

– Tenemos a su esposa, señor.

Se le quedó la mente en blanco por la incongruencia de la típica frase del secuestrador con el tratamiento de «señor».



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