
– ¿Qué? -preguntó cuando pudo volver a pensar.
– Tenemos a su esposa, señor -repitió la voz.
– ¿Quién habla? -dijo ya con la voz áspera de impaciencia.
– Ruberti, comisario. Llamo desde la questura. -El hombre hizo una pausa larga y añadió-: Tengo el turno de noche, con Bellini.
– ¿Qué dice de mi esposa? -inquirió Brunetti, a quien era indiferente dónde estuvieran ni quién tuviera el turno de noche.
– Estamos aquí, comisario. Es decir, estoy yo. Bellini se ha quedado en campo Manin.
Brunetti cerró los ojos y tendió el oído, para detectar sonidos en el resto de la casa. Nada.
– ¿Qué hace ahí mi esposa, Ruberti?
Tuvo que esperar un largo momento antes de oír decir a Ruberti:
– La hemos arrestado, comisario. -Como Brunetti no decía nada, agregó-: Es decir, la he traído aquí, señor. Todavía no ha sido arrestada.
– Déjeme hablar con ella -ordenó Brunetti.
Después de una larga pausa, oyó la voz de Paola.
– Ciao, Guido.
– ¿Estás en la questura?
– Sí.
– ¿Así que lo has hecho?
– Te dije que lo haría.
Brunetti volvió a cerrar los ojos mientras sostenía el teléfono con el brazo extendido. Al cabo de un rato, se lo acercó otra vez al oído.
– Dentro de quince minutos estoy ahí. No digas nada ni firmes nada. -Sin esperar su respuesta, colgó el teléfono y saltó de la cama.
Se vistió rápidamente, entró en la cocina y escribió una nota para los chicos en la que decía que él y Paola habían tenido que salir pero volverían pronto. Salió de casa cerrando la puerta sin ruido y bajó la escalera como un ladrón.
En la calle, torció hacia la derecha. Caminaba deprisa, casi corría, con el cuerpo inflamado por la cólera y el temor. Cruzó rápidamente el mercado desierto y el puente de Rialto, sin ver nada ni a nadie, mirando al suelo, insensible a cualquier señal exterior.
