
– Nadie me ha avisado de que venías, Ruberti -dijo. El otro rechazó la disculpa con un ademán, pero luego le indicó con una seña que volviera a la cama, recordando lo que es ser nuevo en el cuerpo y estar aturdido por el sueño.
El agente llevó a la mujer al primer piso, a la oficina de los policías de uniforme. Abrió la puerta y la sostuvo cortésmente para que entrara ella. Luego la siguió y se sentó ante un escritorio. Del cajón de mano derecha sacó un grueso bloc de formularios, lo puso encima de la mesa con un golpe seco, miró a la mujer y con un ademán la invitó a sentarse en la silla que estaba frente a él.
Mientras ella se sentaba y se desabrochaba el abrigo, él rellenó la parte superior del formulario con la fecha, la hora y su nombre y graduación. Al llegar a la casilla de «Delito» vaciló un momento y escribió: «Vandalismo.»
Miró a la mujer y entonces, por primera vez, la vio claramente. Le llamó la atención algo que le pareció incongruente, absurdo: en ella, todo -la ropa, el pelo y hasta la manera de sentarse- denotaba una seguridad que sólo da el dinero, el mucho dinero. «Ojalá no esté loca», rogó en silencio.
– ¿Tiene su carta d'identitá, signora?.
Ella asintió y metió la mano en la bolsa. A él no se le ocurrió ni por asomo que pudiera haber peligro en permitir que una mujer a la que acababa de arrestar por un delito de cierta violencia metiera la mano en una bolsa grande.
La mano salió de la bolsa asiendo una cartera de piel. Ella la abrió y extrajo el documento beige de identidad. Lo desdobló, le dio la vuelta y lo puso encima de la mesa, delante de él.
El policía miró la foto, vio que debía de haber sido tomada hacía años, cuando ella era todavía una auténtica belleza y leyó el nombre.
