– Dice Danieli que la llevemos -dijo a su compañero.

– ¿Eso quiere decir que yo tengo que quedarme? -preguntó el otro, sin disimular la irritación que le causaba verse obligado a aguantar el frío.

– Puedes esperar dentro. Danieli llamará al dueño. Creo que vive por aquí cerca. -Dio el teléfono a su compañero-. Si no viniera, llama.

El segundo policía, tratando de poner a mal tiempo buena cara, tomó el teléfono con una sonrisa.

– Lo esperaré. Pero la próxima vez, me tocará a mí acompañar al detenido.

Su compañero asintió con una sonrisa. Restablecida la armonía, se acercaron a la mujer que durante su larga conversación había permanecido sentada en el pilar, contemplando el escaparate destrozado y los fragmentos de vidrio esparcidos en el suelo formando una especie de arco iris incoloro.

– Venga conmigo -dijo el primer policía.

En silencio, ella se levantó del pilar y empezó a andar hacia la embocadura de una estrecha calle situada a la izquierda del escaparate. Ninguno de los policías reparó en la circunstancia de que ella parecía saber por dónde se llegaba antes a la questura.

Diez minutos tardaron, y ninguno de los dos dijo nada durante este tiempo. Si alguna de las pocas personas que los vieron se hubiera fijado en ellos mientras cruzaban la dormida explanada de la piazza San Marco y la estrecha calle que conducía a San Lorenzo y la questura, hubiera visto a una mujer atractiva y bien vestida en compañía de un policía de uniforme. Una imagen insólita, a las cuatro de la mañana, pero quizá habían entrado ladrones en su casa o la habían llamado para que identificara a un niño fugado.

No había nadie esperando para abrirles la puerta, por lo que el policía tuvo que llamar varias veces al timbre antes de que de la sala de guardia situada a mano derecha de la entrada apareciera la cara soñolienta de un joven agente. Al verlos, se retiró, para reaparecer segundos después poniéndose la chaqueta, y abrió la puerta murmurando una disculpa.



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