– ¿Una mujer? -interrumpió el segundo policía, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no preguntarle si existía otra alternativa que ella desconocía. Nada de bromas. Nada de bromas. No habría más bromas, hasta que todo esto terminara.

– Sí, una mujer.

Asaeteando con la mirada a su compañero, el primer policía prosiguió con sus preguntas:

– ¿Qué aspecto tenía?

– Poco más de cuarenta años, pelo rubio hasta los hombros.

La mujer llevaba el pelo metido dentro del pañuelo del cuello, por lo que el policía aún no reaccionó.

– ¿Cómo vestía? -preguntó.

– Abrigo beige y botas marrones.

Él observó el color de su abrigo y le miró los pies.

– Nada de bromas, signora. Queremos saber qué aspecto tenía.

Ella lo miró de frente y, a la luz de las farolas, él descubrió en sus ojos el brillo de una secreta exaltación.

– Nada de bromas, agente. Ya le he dicho cómo vestía.

– Es que se describe usted a sí misma, signora. -Nuevamente, la profunda aversión que siempre había sentido ella por el melodrama le impidió responder: «Tú lo has dicho», y se limitó a asentir con un movimiento de la cabeza.

– ¿Ha sido usted? -preguntó el primer policía, sin disimular el asombro.

Ella volvió a asentir.

El otro policía remachó:

– ¿Usted ha arrojado una piedra a ese escaparate?

Una vez más, ella movió la cabeza de arriba abajo.

Por tácito acuerdo, los dos hombres se alejaron andando hacia atrás hasta que ella no pudiera oírles, sin dejar de observarla. Juntaron las cabezas y deliberaron en voz baja. Luego, uno sacó el móvil y marcó el número de la questura. Encima de ellos, se abrió bruscamente una ventana y apareció una cabeza que se retiró al momento. La ventana se cerró con un golpe seco.

El policía estuvo hablando varios minutos, dio la información que tenía y dijo que ya habían detenido a la persona responsable. Cuando el sargento de guardia les dijo que lo llevaran inmediatamente, el agente no se molestó en corregirle. Cerró el teléfono y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.



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