
– Policía. Los de ahí dentro, salgan.
No pasó nada. La sirena seguía sonando.
El policía volvió a gritar y, al no recibir respuesta, miró a su compañero, que se encogió de hombros y movió la cabeza negativamente. El primer policía enfundó la pistola y dio otro paso hacia el escaparate. Encima de él, se abrió una ventana y alguien gritó:
– ¡A ver si paran eso de una vez!
Otra voz iracunda rugió:
– ¡Queremos dormir!
El segundo policía se acercó a su compañero y juntos atisbaron al interior. Entonces el primero levantó un pie e hizo saltar las altas estalagmitas de vidrio que se alzaban de la base del escaparate. Juntos entraron en el local y desaparecieron por una puerta del fondo. Transcurrían los minutos y no pasaba nada hasta que, de pronto, en el mismo instante en que se apagaron las luces de la tienda, enmudeció la alarma.
Los policías reaparecieron en la tienda. El que iba delante llevaba ahora una linterna. Miraron en derredor, para ver si parecía faltar algo o había otros destrozos y salieron al campo por el escaparate. Fue entonces cuando vieron a la mujer sentada en el pilar.
El que había sacado la pistola fue hacia ella.
– ¿Ha visto lo ocurrido, signora?
– Sí.
– ¿Cómo? ¿Quién ha sido?
Al oír las preguntas de su compañero, el otro policía se acercó a ellos, satisfecho de que hubieran encontrado tan pronto a un testigo. Ello les evitaría tener que llamar a puertas y hacer preguntas. Conseguirían una descripción y podrían dejar la calle esta húmeda noche de otoño para volver a la questura a redactar el informe.
– ¿Quién ha sido? -preguntó el primero.
– Alguien ha arrojado una piedra contra el escaparate -dijo la mujer.
– ¿Qué aspecto tenía el individuo?
– No era un hombre -respondió ella.
