
La piedra debió de impactar en un punto débil de la luna, porque, en lugar de producir en ella un agujero de su mismo tamaño, abrió un boquete triangular de dos metros de alto por casi otros tantos de ancho. Ella esperó hasta que dejó de oírse el sonido del vidrio al astillarse, pero no bien cesó éste, cuando del interior de la tienda brotó a la noche silenciosa el penetrante alarido en dos tonos de una alarma. La mujer se enderezó sacudiéndose distraídamente las astillas de vidrio de las solapas del abrigo y agitó la cabeza violentamente, como si acabara de emerger de una ola, para hacer caer los trozos de vidrio que sentía enredados en el pelo. Retrocedió, recogió la bolsa y se la colgó del hombro. Entonces, de pronto, notó que le flaqueaban las rodillas y se sentó en uno de los pilares que sostenían las cadenas del monumento.
En realidad, no había pensado en el tamaño del agujero, pero la sorprendió que fuera tan grande, lo bastante como para que pasara un hombre. Una telaraña de grietas se extendía hasta los cuatro ángulos de la luna que en los bordes del agujero estaba blanquecina y opaca, aunque no por ello parecían menos peligrosas las astillas que apuntaban hacia el interior.
A su espalda, a la izquierda del banco, se encendieron luces en un último piso, y también, justo encima de la alarma que seguía aullando. Pasaba el tiempo, pero la mujer se sentía extrañamente ajena a él: lo que fuera a pasar pasaría, con independencia del tiempo que la policía tardara en llegar. Sin embargo, el ruido la molestaba. El doble balido destruía la paz de la noche. Pero entonces pensó: «Precisamente se trata de eso, de la destrucción de la paz.»
Se abrían persianas, tres cabezas se asomaron y retiraron rápidamente, se encendían más luces. Imposible dormir mientras la sirena siguiera vociferando que había crimen en la ciudad. Al cabo de unos diez minutos, dos policías llegaron corriendo al campo, uno con la pistola en la mano. Se acercó al escaparate destrozado y gritó por el agujero:
